
Sin dudas, la llegada de un argentino a la Fórmula 1 tras 23 años de ausencia generó una auténtica revolución. No solo impactó en los seguidores de siempre, sino también en el “hombre de a pie”, aquel que jamás pensó en madrugar para ver una carrera y que hoy prepara el desayuno, se pone la camiseta de Alpine y vive de punta a punta cada Gran Premio alentando a su representante, Franco Colapinto. Pero el “Efecto Colapinto” no se limita únicamente al entusiasmo de la gente. Su influencia también se siente con fuerza en las bases del automovilismo. Proveedores de chasis de karting desbordados, chicos que ahora sueñan con tener su propio kart y padres que escuchan una frase repetida en cada casa: “Quiero ser como Franco”. El fenómeno también se refleja en el ámbito competitivo. En las categorías formativas y en la siempre exigente escalera hacia la élite, cada vez más pilotos argentinos persiguen ese mismo sueño. Un sueño que alguna vez fue el de Colapinto y que hoy alimenta la ilusión de toda una nueva generación, porque si algo demostró su camino es que la esperanza nunca se negocia. Jorge Magistris